En este momento estás viendo Finalistas de la XVIII edición del Concurso Excelencia Literaria 2021- 2022
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A puertas de cerrar nuestro segundo bimestre, con mucha alegría y satisfacción, culmina la XVIII Edición de Excelencia Literaria 2021-2022. Una edición más que llega a su fin de la mano del escritor español Miguel Aranguren. Un proyecto internacional  que busca alentar la proyección artística de aquellos jóvenes, en edad escolar, que tienen dotes para la creación literaria.

Estamos muy felices, pues ha llegado el momento de presentar a los finalistas de la esta XVIII edición del Concurso de Excelencia Literaria 2021-2022. En esta oportunidad, cinco de nuestros alumnos destacados quedaron finalistas entre estudiantes de España y México.  En la modalidad de Relato Breve: Esteban Darío Vera Cruz, José David Vizcardo y María Fernanda Arce y en la modalidad de Artículo de Opinión: Ariana Esthefany Manrique y Maryann Lucero Meléndrez, exalumna de la Promoción Lux Mundo 2021.

Este año los trabajos serán rigurosamente evaluados por reconocidos profesionales que conforman el jurado, ellos son: Jose María Contreras, escritor, filólogo y profesor universitario; Sarah Ceniceros, doctoranda en Filología Hispánica, máster en profesorado y Estudios Latinoamericanos, Cultura y Gestión; Daniel Franco, escritor y editor de “Editorial Graviola”; María Pardo, escritora y ganadora de la XIV edición de Excelencia Literaria; Carlos Piana, escritor, articulista de opinión en el diario “El Universo” y doctorando en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra; y desde luego Miguel Aranguren promotor y secretario de Excelencia Literaria.

Compartimos con ustedes el talento de nuestros estudiantes, poniendo a su disposición sus relatos. Esperamos que los disfruten tanto como nosotros. ¡Felicitaciones! Los seguimos animando a continuar reforzando sus habilidades en la lectura y escritura que ciertamente deberían ocupar un lugar principalísimo en nuestras vidas.

Modalidad: Relato breve

esteban

Esteban Vera Cruz

Cuando conseguía unir la oscuridad con el silencio, Tomás alcanzaba un estado de paz que le hacía feliz. No le gustaba el alboroto ni le interesaban las noticias que emitían los programas matinales de televisión. Prefería estar solo.

 

Una mañana, mientras caminaba por las alborotadas calles de Lima tras una jornada agotadora en el almacén donde trabajaba, empezó a pensar en la noche de Año Nuevo, pues era posible que tuviese que ir a trabajar. El ambiente en aquella compañía se había hecho insoportable, debido al mal trato entre los trabajadores. La falta de educación de unos con otros era permanente. Aquel no era el lugar al que aspiraba Tomás, pero por el momento debía aguantarse, ya que cobraba un buen sueldo.

 

De pronto vio un destello rojo que iluminaba la calle en dirección contraria. Era una luz tintineante, movediza, que parecía llamarle.

Se dirigió hacia la luz. Si le había parecido pequeña en el momento que la vio, a medida que se empezó a acercar a ella comprobó que se hacía cada vez más grande, y que el ambiente se caldeaba. Sin darse cuenta, llegó frente a un incendio. Aquel lugar le resultó familiar.

Las llamas salían por las ventanas del almacén donde Tomás trabajaba, y una densa columna de humo negro había llenado la atmósfera de un irrespirable olor a plástico quemado. Se escuchaban gritos por la calle, que se unían al ulular de la sirenas de los bomberos y de los coches de policía.

 

Al principio le embargó un sentimiento de preocupación. No podía dejar de pensar en la terrible posibilidad de que alguno de sus compañeros estuviese atrapado en el interior. Pero al recordar que él era el último que había salido de las oficinas, le embargó un sentimiento de felicidad, entre otras cosas porque una vez el edificio quedara arrasado, ya no tendría que trabajar en aquella organización y podría empezar de cero: buscar otro trabajo y vivir con tranquilidad.

 

Después del incidente, se dirigió a casa de sus padres para pasar la noche. Los abrazó después de contarles la noticia. Ellos se quedaron muy preocupados porque su hijo se había quedado sin empleo. Pero bastó una semana para que Tomás lograra un trabajo como portero en otro almacén. El trato con sus nuevos compañeros era bueno aunque recibía un sueldo más bajo. Pero le valía la pena, pues podía estar tranquilo, como tanto había anhelado.

José David Vizcardo

Ricardo llegó al bar de la calle Siete. Llevaba una camisa con un descosido en la manga. El bar era pequeño, cálido y acogedor. Al fondo había una mesa de billar en la que se estaba disputando un partido. En un costado se encontraba el mostrador, que atendía un cantinero enojado.

 

–Aquí se juega al blackjack, ¿verdad?

 

–Sí, caballero –señaló hacia el fondo del local–. La mesa está al lado de la mesa de billar.

 

Ricardo se acercó, al tiempo que se ataba los puños de su vieja camisa. Su abotonadura  de plata llevaba empeñada desde hacía meses; no tenía dinero suficiente para recuperarla. ¡Demonios! si apenas y tenía para comer…

 –¿Puede entrar uno más?

 

El que lideraba la mesa, le hizo una seña para que ocupara la única silla que permanecía vacía. La ronda estaba por comenzar.

 

–¿Cuánto deseas apostar? –le preguntó el que llevaba la voz cantante mientras repartía las cartas.

 

–Veintincinco dólares –dijo entre dientes.

 

–¡Un tacaño! –le respondió burlón–. ¿Sabes? Quien no arriesga, no gana.

 

Conocía muy bien ese refrán. Se lo repetía a sí mismo cada noche, cuando no podía dormir. Pero aquellos veinticinco dólares era todo lo que le quedaba tras su despido. Así que se iba a dejar la vida en aquella partida.

 

No siempre tuvo esos problemas. Antes de dejarse llevar por el juego fue un respetado contador en un banco, y estuvo comprometido con una hermosa chica. Pero se decidió a llenar su vacío existencial con las apuestas, que le transmitían emociones que lo sacaban de la monotonía. Sin embargo, aquel desenfreno le trajo numerosos problemas. Los juegos de azar hicieron que el dinero que ganaba nunca fuera suficiente: parecía escapársele de las manos. Bajó su rendimiento en el trabajo y su jefe lo despidió.

 

–Disculpe, joven –un caballero de mediana edad interrumpió sus pensamientos.

 

– ¿Sí?

 

–Usted no parece de aquí. ¿Cómo es que ha venido a este bar?

 

–Me encanta el ambiente –se limitó a decir.

 

Era mentira. La razón por la que había cruzado media ciudad, estribaba en que podía contar con los dedos de la mano los poquísimos clubes, casinos y bares en los que aún no estaba endeudado.

 

Miró sus cartas. Eran prometedoras, pero necesitaba un cinco para alcanzar el número veintiuno. Solo precisaba de un poquito de suerte, esa suerte que siempre le faltaba.

 

Tras su despido Ricardo fundió la herencia familiar en unos meses y terminó en la calle. Lo acogieron unos amigos, que lo echaron tras descubrir que les había robado la licuadora. Por aquel entonces ya no podía pedirle ayuda a su hermana, pues le debía mucho dinero. Pero lo que más le dolió fue perder a su novia. Ella había tratado de llevarle a un psicólogo, pero fue tarde. Y cuando la relación se rompió, el chico entendió que había sido el amor de su vida.

 

¿Cuánto más tendría que perder para poder, al fin, ganar?… Siempre se decía que lo único que necesitaba era una racha de victorias con las que multiplicar su dinero y recuperar lo perdido; que todo lo que estaba sufriendo, entonces valdría la pena. ¿Pero esa era la única forma de salir de aquel infierno? ¿O debería aceptar la oferta laboral que le habían hecho dos días atrás? Tal vez ser jugador profesional no era la bicoca que seguía esperando, después de todo.

 

De pronto, le llegó un cinco.

 

–¡Blackjack! –gritó eufórico.

 

–En efecto –anunció el jefe de mesa–. El muchacho gana la ronda. Pero al ser la apuesta mínima, solo se lleva cuarenta dólares.

 

–¡Eso es todo muchachos! Tenemos que cerrar –anunció el cantinero.

 

Ricardo avanzó a través de las solitarias calles con una sonrisa. Había ganado. Su esfuerzo y trabajo habían dado fruto a la postre. Al fin la providencia le recompensaba. Se sintió sumamente avergonzado de haber dudado de ella. Ahora sí podría recuperarlo todo. En cuanto saliera el sol iría a la cafetería de la Quinta Avenida y apostaría esos cuarenta que llevaba en el bolsillo en una partida de póker. Lentamente todo volvería a ser como antes, incluso mejor. La riqueza y la prosperidad le aguardaban en recompensa a todas sus penurias.

 

–Bah; tendré que dejar la entrevista de trabajo para otro día –se dijo–. El juego no ha hecho más que empezar.

El viajero del tiempo se despertó minutos después de materializarse. Una vez recuperado, encendió el monitor para saber a qué época de la Historia había llegado. Tras registrar durante cinco años los sucesos acaecidos durante la Revolución Francesa, sus jefes le habían ordenado regresar a la sede secreta del Departamento de Defensa. Pero mientras configuraba la máquina con la que viajaba por el tiempo, sufrió un ataque de alergia y estornudó sobre los circuitos, lo que fue suficiente para que la máquina colapsase e iniciara un viaje errático.

 

Mientras la pantalla cargaba la fecha de su destino, el viajero se preguntó a qué época habría llegado, pues en esos casos la maquina decidía automáticamente entre un limbo dimensional. El viajero sorbió de un solo trago un vaso de café antes de leer, sobre el fondo luminiscente:

 

<<CALCULOS FINALIZADOS. FECHA ESTIMADA: MES DE ENERO DEL AÑO 2030>>.

 

Se quedó asombrado. Sabía que el Departamento de defensa había trabajado durante casi una década la ecuación para los saltos hacia el futuro, pero, a pesar de haber resuelto las operaciones matemáticas que conducían al pasado, ante la limitada tecnología de finales de los años ochenta del siglo XX y ante la de los científicos a causa del alto secreto con el que se llevaba el proyecto, este se encontraba estancado respecto al futuro. Los altos mandos no contaban con que uno de sus tripulantes (todos ellos eran historiadores) sufriría un accidente: su máquina se veía afectada por una anomalía que iba a conducir a su piloto a unos cuarenta y nueve años más allá del presente.

 

El tripulante se preguntó qué debía hacer. Según el reglamento, volver inmediatamente al año 1983 a partir de la ecuación que estaba grabada en la memoria de la máquina.

<<Si lo hago, perderé la oportunidad de escribir un capítulo en el libro de la Historia>>, pensó con la decisión ya tomada.

 

A sus jefes no les importaba el conocimiento tanto como la búsqueda de oportunidades para reforzar su maquinaria de guerra. Él, por el contrario, quería descubrir el mañana en beneficio del saber. Además, ante los riesgos que había corrido, merecía convertirse en la primera persona en pisar el mañana.

 

Se puso un traje, tomó su maletín de herramientas y una cámara de video, y respiró hondo: se preguntó si estaba listo para conocer el futuro, si conseguiría comprenderlo. Al fin abrió la escotilla y abandonó la máquina.

 

El viajero había llegado a una gran ciudad repleta de rascacielos, todos construidos con el mismo diseño y atiborrados de carteles de neón que promocionaban distintos productos. En la calle había pistas de plomo por las que circulaban autos voladores infestados también de publicidad. La máquina había aterrizado en la azotea del edifico más alto de todos.

 

El viajero salió a investigar cuanto había avanzado la ciencia en casi cincuenta años. Se preguntó si se habrían extinguido las enfermedades y si al fin se habría colonizado Titán.  Sin embargo, por más que buscó por toda la cuidad, no encontró ningún centro de investigación, ni siquiera una biblioteca.  Solo había tiendas de ropa, centros comerciales, oficinas, y restaurantes de comida rápida. Todo a su alrededor estaba destinado a la compra y venta de servicios.

 

Buscó algún museo para ver qué tanto había cambiado el concepto de la pintura y la belleza, pero no encontró nada. Cuando le preguntó a un señor donde podría ver una galería de arte este le respondió:

–¿Para qué querría yo ir a una galería? Trabajo doce horas al día, no tengo tiempo ni para ver a mis hijos.

 

El piloto entendió por qué no vio ninguna biblioteca: la gente había perdido el gusto por la lectura y el arte. Es decir, el hombre del futuro era incapaz de ver más allá de lo evidente. Descubrió que existían unos aparatos que brindaban todo el conocimiento y entretenimiento sin necesidad de interpretación ni análisis.

 

Se acercó a un centro de oficinas para entrevistar a los empleados, haciéndose pasar por un gerente. Quería ver en qué consistían sus trabajos y qué cosas y actividades les motivaban.

 

–Me encargo del papeleo de la empresa –le dijo uno de ellos–. Lo llevo haciendo desde hace cuarenta y cinco años. Relleno los formularios que me envían.

 

–¿Y por qué trabaja?

 

–Para poder comprar cosas. Es evidente.

 

–No.

 

–¿Y le gusta su trabajo?

 

–Sí. No tengo que esforzarme demasiado; solo relleno formularios.

 

Los sueños del viajero se hicieron añicos al descubrir lo que pasaba en el futuro cercano: ciencia y arte habían muerto en manos del consumismo. La población había perdido el espíritu de la aventura y el anhelo de romper el velo del conocimiento: la vida del ser humano giraba exclusivamente alrededor de la satisfacción de las necesidades primarias de forma inmediata y efectiva. Tenían la tecnología y el conocimiento para alcanzar las estrellas, pero si no les genera ninguna ganancia… ¿para qué hacerlo? No trabajaban por pasión, sino para consumir de mes a mes. Los hombres de ese tiempo podían alcanzar muchísimos conocimientos, pero estaban sumidos en la más absoluta mediocridad.

 

A toda prisa regresó a su máquina del tiempo y la calibró para volver al presente. Debía advertirle a la comunidad científica, a su gobierno, lo que ocurriría en el mañana, para que hicieran lo que fuera necesario para que ese futuro no fuera su futuro. Debían preparar a la humanidad –con educación y valores– para que el conocimiento y la creatividad no mueran y que, tras miles de años de desarrollo, el hombre sea un mero animal.

María Fernanda Arce

En una casa situada en los verdes campos, junto a la pequeña aldea, había una acogedora casa en la que vivían Lara y su abuela Georgina. Llevaban allí desde el nacimiento de Lara. Como sus padres murieron cuando era muy pequeña, Georgina hizo las veces de madre. Y eran muy felices.

 

En Navidad se sentaban juntas frente al nacimiento para contemplarlo. Lara era una niña analítica y curiosa, a la que todo le intrigaba. Nunca parecía satisfecha con lo que le respondían, pues prefería comprobarlo por sí misma.

 

—¿Por qué el Niño está tapado con algodón? ¿Por qué visten así? ¿Por qué los pastores miran al Niño? ¿Por qué los Reyes Magos le llevan regalos?…— disparaba sus preguntas a la abuela.

 

Aunque Georgina le narraba entonces la historia de lo que ocurrió en Belén en aquel lejano tiempo, Lara seguía sin sentirse satisfecha.

 

Una tarde, mientras su abuela dormía, se sentó sola junto al nacimiento. Le parecía tan hermoso que fue a acariciar la pelambrera de una oveja. Al rozarlo se vio envuelta en un humo celeste que la transportó a otro lugar. Apareció en un prado, que le recordó a las laderas que divisaba desde su casa. Como escuchó un rumor de aguas, echó a caminar y descubrió un río. Al mirar la corriente, Lara se quedó sorprendida.

 

<<María, bendita María… Eres la brisa suave de Elías, un susurro del espíritu de Dios>>, escuchó un hablar bellísimo, como una canción que provocaba el curso de las aguas. Y, como por ensalmo, se transparentó en ellas el cuerpo de un arcángel.

 

<<Hágase en mí según tu palabra>>, habló entonces una joven entre los rizos transparentes del caudal.

 

—¡Es la Virgen María, la que está en mi nacimiento! ¡Qué bella luz irradia!— exclamó Lara, atónita.

 

Fue tanta su curiosidad que sumergió las manos en un intento de tocar a María y al arcángel. Entonces se calmaron las aguas y vio otro reflejo. Era José junto al mismo arcángel, que le anunciaba la noticia del nacimiento de Jesús. Lara, afanosa, sumergió las manos varias veces para ver qué ocurría, y fueron apareciendo diferentes escenas: primero los pastores que dormían al raso, después los Reyes Magos tras su estrella guía.

 

—Esta es la historia que se representa en mi nacimiento— pensó.

 

Tocó por última vez el agua, y se sorprendió aún más al ver el pesebre al completo sobre la superficie cristalina.

 

Se acercaba el ocaso y Lara sintió un repentino cansancio. Se acostó sobre la hierba. El cielo se cubrió de estrellas. Entre ellas destacaba una, grande y parpadeante.

 

—Se parece a la del árbol de Navidad —se dijo a sí misma.

Sintió que la estrella estaba tan cerca que Lara alzó su brazo y, para su sorpresa, la pudo coger. Se incorporó, y tan iluminada y radiante como era se la metió al bolsillo con cautela. Volvió a recostarse y se quedó dormida.

 

Se despertó en su cama. A toda prisa se puso en pie y echó a correr por el pasillo, para contarle a su abuela lo que acababa de vivir.

 

—¡Abuela, abuelita! Tengo que decirte algo. He tenido un sueño extraordinario —exclamó de camino a la sala.

 

—Cálmate, hija —le respondió Georgina, pegando pequeños golpecitos en el reposabrazos del sillón–. Ven y cuéntame.

 

—Abuela, no vas a creértelo… Estaba sentada, mirando el nacimiento cuando…— Lara empezó a contarle el sueño desde que rozó la oveja—… Entonces, vi la estrella.

 

—Escucha, Lara –la interrumpió–, sé cómo termina ese sueño: cogiste la estrella y te la guardaste en el bolsillo. ¿O me equivoco?

 

—Es cierto. La guardé aquí —dijo, metiendo la mano en el bolsillo.

 

Allí estaba la estrella. Y, como recordaba, era como la del árbol de Navidad. Giró la cabeza, boquiabierta, en busca de una explicación. Georgina le regaló una cálida sonrisa —en la que se leía que sabía algo más—, mas de su boca no salió una palabra.

Modalidad: Artículo de opinión

Ariana Manrique

Desde pequeña disfruto al hablar en público, y eso que muchos piensan que soy una chica tímida. Quizá lo confundan con que soy una joven prudente, que cuando habla en ante un grupo numeroso de personas prefiere tener claro lo que quiere y no quiere decir. Por eso, cuando cumplí cierta edad y en el colegio me hablaron de los equipos de debate, enseguida quise formar parte de uno de ellos. Este tipo de actividad no busca que discutamos sobre cualquier asunto por el mero discutir, sino que desarrollemos un espíritu crítico y una serie de herramientas verbales y corporales que nos ayuden a convencer al público, sea cual sea nuestra posición sobre el tema propuesto.

 

Nada me pudo agradar tanto como cuando me propusieron participar en una competición nacional de debate, en la que iba a representar al colegio junto con otras chicas. Tuvimos un periodo de preparación intenso, de lunes a sábado, con una profesora. Era joven y muy alegre, con criterio y bastante experiencia en el debate, así como en competencias de ámbito internacional y nacional. Sin duda, era la persona idónea para capacitarnos. Las primeras clases se centraron en los argumentos, más adelante en los temas que propone el concurso. Así mismo, nos previno sobre los modismos y sobre las reglas que debíamos utilizar en el momento de debatir. Las clases me resultaron fascinantes, y en menos de un mes pude estructurar argumentos de oposición y proposición en cada uno de los asuntos a debatir.

 

Al ser una competencia de ámbito nacional, se pudieron inscribir veinte equipos, tanto de la capital como de provincias, desde el norte hasta del sur del país. Como el concurso se celebró en cuarenta, tuvimos que utilizar algunas plataformas en línea.

 

Un mes antes de la competición nos enviaron al colegio una lista con los temas que se debatirían en un solo día. Se centraban en el aspecto social, cultural y político de diferentes momentos de la história de Perú y del resto del mundo. Por tanto, no solo debíamos prepararnos en las técnicas de la oratoria y en el modo más eficaz de estructurar un argumento, sino intruirnos rigurosamente sobre aquello que iba a debatirse, lo que implicó un tiempo de estudio intenso.

 

Hubo propuestas sencillas, como “Este equipo lamenta la comercialización de la cultura andina”. Otras eran complejas, como “Este equipo considera que la política exterior de China contribuye al desarrollo de la paz mundial”. Debíamos debatir con destreza la posición a favor o en contra que decidiera el sorteo.

 

Obtuvimos el tercer puesto a nivel nacional para mi colegio, que por primera vez pasó al concurso internacional de debate, del que han formado parte un setenta por ciento de los países de habla hispana. Sin embargo, en esta ocasión no logramos un lugar entre los semifinalistas, pero ganamos mucho más: experiencia, conocimiento y pensamiento crítico, fundamental para el día a día de cualquier adolescente.

Mis padres decidieron que yo debía desarrollar habilidades deportivas, lo que les obligó a descubrir cuál era el juego que me podría aportar aquello que necesitaba. Fue en el equipo de la escuela, en cuanto cumplí los nueve años, donde me matricularon al baloncesto. Me asusté, pues apenas sabía cómo dominar el balón, pero la entrenadora me recibió con amabilidad, lo que terminó por alentar mi pasión por ese juego.

 

Con el paso del tiempo descubrí lo mucho que me gustaba. Además, los entrenamientos se convirtieron en un regalo, pues en el equipo hice muy buenas amigas, con las que me esforzaba por mejorar en el estilo y en el conocimiento de las reglas del  juego. Un día la entrenadora nos convocó a unas cuantas para comunicarnos que ya estábamos preparadas para competir, lo que conllevaba la posibilidad de elevar al podio el nombre de nuestro colegio.

 

En un encuentro con otro colegio, me tropecé y caí de espaldas. Por suerte, mi papá estaba presenciando el partido y pudo llevarme a la clínica más cercana, pues había perdido el sentido. El golpe fué tan fuerte que comencé a quedarme sin respiración a medida que pasaba el tiempo. Después de algunos estudios y una larga estancia en la clínica, los médicos recomendaron que durante dos  meses no practicara aquel deporte que me apasionaba. Sentí que el mundo se derrumbaba a mi alrededor.

 

—Tranquila, hija, que todo está bien —me consoló mi madre al ver la expresión de mi cara–. No es el fin del mundo. Pronto pasarán esas semanas. Además, eres fuerte y valiente

 

Cuando me recuperé, volví a baloncesto, pero ya no era lo mismo. El golpe me había cambiado tanto que temía que me llegara la pelota. Mientras, mis padres buscaban un deporte para mi hermano. Como a él no le gustan el fútbol ni el baloncesto, le matricularon en una academia de tenis. Muchas veces yo iba a verlo, y desde la tribuna el juego con la raqueta se me hacía fascinante.  Mi papá, al comprender este entusiasmo, me propuso intentarlo.

 

Días después comencé las clases. Al principio me resultó difícil adaptarme, pues algunos términos –como «picar»– también se utilizan en el baloncesto, pero su ejecución era totalmente distinta. Además, me enfrentaron a chicos más pequeños. Quizás por eso, la calidad de mi juego fue aumentando a lo largo de los meses. De alguna manera, estaba haciéndome mayor.

 

Me alegro de las experiencias vividas en la cancha de baloncesto. Además, raqueta en mano, he descubierto una nueva pasión.

En mi hogar, el sonido de una campanilla a determinadas horas del día indica que ha llegado el momento del desayuno, del almuerzo o de la cena. En cuanto la oigo, hago un parón en mis quehaceres y me dirijo al comedor. Allí se encuentra mi mamá, preparando la comida con la ayuda de mi papá. Con mi hermano menor pongo la mesa, y cuando los platos están servidos, hacemos una desconexión total de la tecnología: se silencian los celulares y se apaga el televisor. Es mi papá quien prende el equipo de sonido para colocar su estación favorita, que emite música a esos momentos. La mayoría de las ocasiones es instrumental, clásica, y siempre a bajo volumen para que haga más agradable nuestra colación. Antes de empezar, agradecemos a Dios todas las ocasiones que nos regala para que estemos juntos, así como los alimentos y todos los bienes que nos da. Durante el desayuno, el almuerzo y la cena surjen diversos temas de conversación que casi siempre nos aportan un aprendizaje.

 

Es importante distrutar del tiempo de la comida en unión con los demás miembros del hogar. Comer juntos fomenta la comunicación, refuerza los vínculos familiares y mejora las relaciones y esponja el alma. Por otro lado, el comedor nos permite brindar la mejor versión de cada uno.

 

En la noche del veinticuatro de diciembre se refuerzan mis lazos familiares: mis tías y mis primos que viven en Lima, vienen a Arequipa. En esa fecha organizamos una cena especial donde el anfitrión de la casa prepara el pavo, mientras los demás nos ocupamos de la ensalada, cada cual la de su especialidad: ensalada de mashmellows, ensalada rusa, ensalada tradicional, ensalada de pallar y otros acompañamientos, como las papas horneadas nativas de la sierra del Perú, que llevan orégano y aceite de oliva. Me admira la mesa, larga, colorida, con tan apetitosos platillos para compartir. Cuando nos sentamos, se produce una desconexión total de los problemas y una unión fraternal entre todos. Agradecemos al Niño Dios por regalarnos aquel momento, y pedimos que nazca en cada uno de nuestros corazones.

 

Al ver a mi familia alrededor de los manjares navideños, que forman parte de nuestra identidad cultural y de la tradición familiar, me embarga una felicidad inmensa, porque es en la mesa donde se refuerzan los lazos entre aquellos que se quieren.

En Perú, antes del covid eran frecuentes los quinceañeros, fiestas para adolescentes que muchas veces perdían su esencia y su trasfondo. Esta costumbre se remonta a las pasadas culturas precolombinas. En México, por ejemplo, se realizaban aquellas celebraciones, que tenían un significado trascendental: celebrar el cambio de etapa cuando una niña cumple quince años y  pasa a ser una mujer, de modo que entra a la vida adulta. El padre la presentaba a la sociedad mediante una colosal celebración, con un protocolo extravagante.

 

La costumbre se ha extendido por todo el Contiente. A lo largo de los años, el deseo de tener un quinceañero se convirtió en la obsesión de muchas chicas. Pero, como decía,  antes de la pandemia se había perdido el verdadero significado de esta fiesta, que era una competencia sin igual, en la que lo más importante era el tamaño y el lujo del local, la calidad del catering, la originalidad de la temática que aparecía en la invitación y el vestuario de la quinceañera, que implicaba dos mudas: un vestido largo y pomposo como el de Cenicienta para la entrada en el lugar y la primera parte de la ceremonia, y después un vestido corto para el resto del ceremonial. Los invitados tenían que ser numerosos, sin importar el grado de relación con la celebrante y su familia. En fin, aspectos superficiales, pues lo más importante es que la protagonista de la fiesta se sienta a gusto con las personas que la acompañan en tan bonito acontecimiento.

 

Pero llegó la pandemia y el gobierno declaró una inmovilización total por casi dos años. La industria que trabaja el mercado del quinceañero se vio sin demanda, de forma que no devolvieron el dinero de quienes estaban a la espera de celebrarlo. Pero fue un tiempo importante para reflexionar sobre el verdadero significado del quinceañero.

 

En ese segundo año de la pandemia cumplí quince años, y a causa de las restricciones sanitarias solo pude compartir un almuerzo con mis padres, mis padrinos (que vinieron de Lima), mis familiares y mis amigos más cercanos. Como no deseaba un vestido pomposo o tradicional, con el que no iba a sentirme cómoda, me diseñaron uno bien hermoso y de acuerdo a mi personalidad, sencillo, sobrio y cómodo, pues… ¡tenía bolsillos! En aquella pequeña e íntima celebración, lo pasé muy bien con las personas que más aprecio. Mis padres me brindaron unas palabras desde lo más profundo de su ser, una carta que tengo la costumbre de leer de cuando en cuando, para sentirme agradecida por los padres que Dios me ha dado y por haber viajado a España con Excelencia Literaria, pues desde pequeña había alimentado la ilusión de viajar en vez de celebrar mi quinceañero.

Maryann Meléndrez

Entre los logros más ponderados de la cultura inca, está la gastronomía, que desde hace años disfruta de un reconocimiento mundial. Los peruanos cocinamos bien, muy bien. Nuestros platos nacionales, además, se adaptan con facilidad a gastronomías muy distintas. Es cierto que disponemos de ingredientes endémicos, que no son fáciles de encontrar más allá de nuestras fronteras. Eso, quizá, es lo que hace reconocible nuestra cocina: la singularidad, la variedad y la calidad de los ingredientes. En mi familia, sin ir más lejos, disfrutamos de las humitas, un tamal a base de maíz que, además, es muy fácil de elaborar, pues solo necesita el grano, aceite y queso, además del cariño de quien lo guisa.

 

Desde que tengo memoria, el olor particular que emanan las humitas ha estado presente al visitar a mi abuela. Ese aroma nace después de que ella moliera el maíz, previamente cosechado en la chacra de mis abuelos, lo condimentara y lo colocara en una panca, para después cocerlas en una olla bajo un fuego elaborado con carrizo. Pero lo mejor ocurría al día siguiente, cuando llegaba el momento de freírlas para desayunar una deliciosa humita, recubierta con una capa crujiente.

 

Esa preparación estaba acompañada de música tradicional, que sonaba en la radio mientras mi abuela tarareaba partes de las canciones. Más tarde, mientras yo probaba las humitas, ella las empacaba en recipientes de plástico, cada uno con una nota escrita a mano y un destinatario diferente. Una pregunta rondaba mi mente: <<¿Por qué tanto empeño a lo que parecía ser un sencillo regalo?>>. Mi abuela tenía la respuesta: <<Vivimos cuando nos damos>>. Ese era su propósito. Para ella, las humitas eran el medio para alcanzar un fin: hacer feliz a la gente, compartiendo con ellos los manjares tradicionales.

 

No solo identifico a las humitas como uno de los mejores recuerdos que me unen a mi abuela, sino también como el legado que ella dejó en de mi corazón. Cada uno puede dar una parte de lo que tiene a los demás, para dejar esa huella que hace que las cosas simples y ordinarias se conviertan en extraordinarias.

Los jóvenes tenemos muchas herramientas a nuestra disposición gracias a internet, una fuente de información inimaginable para nuestros padres cuando tenían nuestra edad. Sin embargo, con la red hemos descubierto conceptos dolorosos como bullying y body shaming, por mencionar solo un par de términos habituales que están repletos de violencia y dolor.

Todos hemos encontrado alguna frase agresiva en un comentario de Instagram, un video de Tik Tok u otras redes sociales. La facilidad con la que podemos escribir palabras hirientes es preocupante. La velocidad con la que estas viajan y llegan a su destinatario, lo son mucho más. 

Debido a ciertas transformaciones hormonales, los adolescentes tenemos una avalancha de emociones difíciles de gestionar, y no es raro que gran parte de ellas sean de irritación, enojo y amargura. Yo misma soy testigo de cómo, en días malos, mis cambios de humor son inesperados. Por eso, cuando nos encontremos frente a una pantalla es necesario que nos detengamos a pensar cómo se puede sentir la persona que lea nuestros comentarios. También sería bueno que analizáramos si lo que escribimos representa quiénes somos y cómo somos, así como si es acorde a nuestros valores. Y propongo hacer una prueba: si no tenemos las agallas para leer ese comentario en voz alta frente a su destinatario, quizás no será una buena idea publicarlo. 

En un universo tan extenso como el de las redes sociales, cabe de todo, lo negativo y también lo positivo, lo bueno y lo excelso. A fin de cuentas, se trata de formar nuestro criterio y compartir aquello que nos une.

En una entrevista, la actriz británica Emma Thompson, que se considera una activista en la lucha contra el cambio climático, reconoció sentirse como una hipócrita por viajar por el mundo en avión, uno de los aparatos más contaminantes para la atmósfera. Supongo que en sus declaraciones hay intereses vinculados a su imagen. ¿Alguien se puede creer que una actriz de prestigio internacional renuncie a volar por una consecuencia que no depende de ella? ¿O que no vuelva a subirse a un automóvil ni utilice de nuevo cualquier objeto fabricado con plásticos o sus derivados? Emma Thompson, entonces, no dispondría de un teléfono móvil, de una estilográfica, de unos lentes de sol, de un labial, etc.

 

Me gustaría no caer en la hipocresía de la que hablaba Thompson, pero no me resulta fácil encontrar la manera de conseguirlo. No puedo optar por trabajar un huerto, ni puedo imponer a mis padres que compren alimentos orgánicos. Tampoco dispongo de una vivienda propia a la que pueda dotar de paneles solares que produzcan una electricidad que no genere contaminantes.

 

Para mejorar el mundo sobran las grandes declaraciones. Lo que se precisa es que cada cual cambie con responsabilidad actitudes y hábitos en su rutina. Si pienso en la mía, la mejora va ligada a numerosas comodidades y caprichos de los que podría prescindir. El primero de ellos, la ducha de agua caliente por las mañanas; para estar aseada no necesito tanta agua como para que se me arruguen los dedos. El segundo va ligado al desayuno, pues consiste en evitar envolturas de plástico y reciclar o compostar los desechos dependiendo de qué tipo sean, lo que, después de todo, solo nos exige algunos minutos que el planeta nos agradecerá. El tercero, cuando nos cepillamos los dientes tenemos que estar atentos a cerrar el grifo si no estamos utilizando el agua. Y así sucesivamente: apagar las luces de las habitaciones en las que no nos encontramos, llevar al supermercado nuestras propias bolsas, dar un segundo uso a las cosas antes de desecharlas, etc. A fin de cuentas, son las pequeñas acciones las que generan grandes cambios.